jueves, 17 de enero de 2019

FRÍO. FÁBULA MISERABLE DEL CAPITALISMO.

La nevada, de Francisco de Goya.

Por Nandu de Diego:

Frío que a su paso deja
ríos de hambre y miseria,
vestidos rotos, pan duro,
que desnudan la pobreza
de una sociedad esclava
que abandonó a la memoria,
aquella lucha de clases
que nos traería la gloria.

Frío que a su paso deja
silencio tras el murmullo,
vencedores y vencidos
que heridos en el orgullo
levantan su puño en alto
firmes como el viejo roble,
dispuestos a dar batalla
si fuese la causa noble.

Frío que a su paso deja
en la dura carretera,
olor a goma quemada,
a piquete, a cafetera,
a esas mañanas de lluvia
en esos días de huelga,
cuyos rescoldos se avivan
entre las gentes obreras.

Frío que a su paso deja
cercenando libertades,
explotación colectiva,
crímenes, desigualdades.

Frío que a su paso deja
bibliotecas sombrías, helados huertos,
redes de pesca y sin uso,
barcos, cañas y aparejos,
los aperos de labranza,
forjas, minas y telares,
martillo, yunque, alcayata
y hoz para cortar maizales.

Frío que a su paso deja
ausencia, duelo y hastío,
frío que a su paso deja
una nueva ola de frío.

Cierra puertas y ventanas
de oficinas y comercios,
cierra escuelas y hospitales,
no entiende de sentimientos.

Frío que a su paso deja
reumas, dolor de huesos,
balnearios, lujos y cocaína,
las carencias, ¿los excesos?,
antagonismos sociales,
capitalismo sangriento,
cadenas que romperemos
con nuestro sudor y esfuerzo.

Frío que a su paso deja
látigos y sufrimiento,
noches aciagas, días grises,
los recuerdos, el momento.
Sirenas y luces rojas,
pancartas, el Parlamento,
barricadas que protegen, -ay-,
a estos versos sin aliento.

Frío que a su paso deja,
¿qué deja? No deja nada.
Deja a los oídos sordos,
deja las bocas calladas,
deja al niño desnutrido
y a su madre asesinada,
deja al pobre desposeido
y al rico ríe las gracias.

¡Márchate frío y no vuelvas!,
por la casa de este viejo,
márchate frío y no vuelvas
que ya ha pasado el invierno,
libre canta el ruiseñor
con su trino lisonjero,
ya ha despertado del sueño
mientras templaba el acero.











lunes, 14 de enero de 2019

NOCIONES BÁSICAS SOBRE LA PLUSVALÍA. (PARTE I)


Por Nandu de Diego:

Para Karl Marx el trabajo simbolizaba la mediación entre el hombre y la naturaleza, y no sólo constituía un medio para llegar a un fin, sino que era un fin en sí mismo. No apreciaba en el trabajo una suerte de condena para el ser humano, sino la esencia del ser humano como tal.

Sin embargo, estudió, comprendió y analizó la falta de este sentido romántico y cuasi idílico dentro del sistema capitalista, pues no le pasaba desapercibido la perversión, la enajenación y la explotación sufrida por el trabajador, bajo la cual este se convertía para el mercado en una mercancía más.

Aprovechándome de sus vastos conocimientos, mediante unas nociones básicas que expondré en esta nota (a riesgo de pecar de reduccionismo), trataré de sintetizar de un modo sencillo uno de los términos claves no sólo para la teoría marxista, sino para las diferentes corrientes económicas posteriores.

Me refiero a la plusvalía, que nace en la circulación de mercancías realizada por medio de dinero, concepto que nos servirá en un futuro para abordar dialécticamente tanto el fenómeno de la explotación como el proceso de acumulación de capital.

La extracción de la plusvalía es la base de la explotación del proletariado


El salario que percibe el obrero por poner su fuerza de trabajo al servicio de una determinada labor en cualquiera de las ramas de trabajo a que pertenezca, es inferior al valor que representa su esfuerzo laboral, por lo que se advierte que existe una parte de trabajo no remunerado del que se beneficia el capitalista, esto es, la plusvalía, ya sea debido al incremento del tiempo empleado en el trabajo o debido a la productividad.

Dicha plusvalía pues, se sostiene en la diferencia emanada de la relación entre el trabajo necesario y el trabajo excedente.

El término “plusvalía” o “plusvalor” es desarrollado por Karl Marx en el capítulo VII del primer tomo de su libro El Capital (la tasa del plusvalor), convirtiéndolo en uno de los ejes centrales de su obra, si bien el concepto lo absorbe de David Ricardo, completándolo, que a su vez toma como punto de partida para su teoría (de un modo crítico) los planteamientos sobre el “valor” del economista Adam Smith.

Pero a diferencia de los autores anteriores, es precisamente Marx quien originariamente distingue en los Grundrisse entre fuerza de trabajo (capacidad humana de trabajar) y trabajo (proceso de creación de un producto de intercambio entre la naturaleza y el ser humano), lo que permite concretar la definición de plusvalía y completar su teoría del valor-trabajo. Cabe destacar en este aspecto, que el obrero no vende su trabajo (de ser así no se darían las condiciones de explotación) sino su fuerza de trabajo.

*Esta distinción es importante, en tanto en cuanto guarda la clave para atajar las hipótesis surgidas de la corriente de pensamiento de la escuela austriaca de economía que tratan de refutar la teoría de Marx, obviando que esta no estaba terminada, sino recién empezada, y que el prusiano era consciente de ciertas deficiencias en la misma, por lo que señalaba que su formula del valor era aplicable sólo una vez que el intercambio de mercancías se había convertido en un acto social rutinario como norma reguladora del mercado. Sobre ello escribiremos en futuros artículos, con mayor nivel de concreción dada la relevancia del asunto.

Para que se genere la plusvalía en torno a la fuerza de trabajo, es necesario que este trabajo sea productivo, pues si para la fabricación de un producto se supera el costo de producción estándar, el capitalista se verá obligado a reducir el valor del mismo, generando pérdidas en vez de beneficios de los que apropiarse.

A través del plusvalor absoluto (producto de alargar la jornada laboral) y el plusvalor relativo (recortando el valor de la fuerza de trabajo), la sociedad de los capitalistas aumenta la tasa de explotación, por tanto podemos afirmar que el robo de la plusvalía conforma la base sobre la que se asienta la explotación del proletariado y la acumulación monetaria en manos de la burguesía moderna.

Dicho de otro modo, el grado de explotación reproducido de continúo en el sistema capitalista está determinado por la plusvalía, principal fuente de riqueza para los dueños de los medios de producción y del dinero, que constituye el capital constante y el capital variable.

Para Marx, “La producción capitalista no es ya producción de mercancías, sino que es, sustancialmente producción de plusvalía”.

Pero observemos más minuciosamente detalles del proceso de trabajo que nos facilitarán entender cómo se genera la plusvalía, atendiendo al doble carácter del mismo (siempre según los postulados de Marx), distinguiendo entre la producción de valor de uso y la producción de valor de cambio. En el primero de los casos, los análisis parten de las cualidades inherentes al objeto, y en el segundo caso, parten de la valorización de la materialización del trabajo en el objeto.

El valor de uso es el valor que se le atribuye a un objeto en función de sus cualidades para satisfacer las necesidades del conjunto de la sociedad o de un individuo concreto, ya sean puramente biológicas o “espirituales”, independientemente de su valor económico.

El valor de cambio es el valor que el mismo objeto tiene en el mercado, atendiendo a sus leyes, y que se expresa cuantitativamente en términos monetarios, independientemente de su capacidad de satisfacer las necesidades anteriormente citadas.

El valor de una mercancía, en cualquier caso,  está constituido por la fuerza de trabajo utilizada en su producción y se mide en el tiempo de trabajo socialmente necesario empleado, y esta fuerza de trabajo, como indica Marx en su obra “Trabajo asalariado y capital”, es así mismo una mercancía, que el obrero vende al capitalista por un espacio de tiempo determinado a fin de garantizarse los medios de vida necesarios para poder existir.
La fuerza de trabajo de hecho, es la única mercancía que produce valor con su consumo.

Debido a la división social del trabajo sobre la que emerge el sistema capitalista, el obrero, desposeído de los medios de producción, no elabora para sí mismo de manera directa estos medios de subsistencia, sino que bajo la apariencia de una mercancía determinada, produce un valor idéntico al valor de dichos medios o al dinero necesario para adquirirlos.

Observamos también que esta dependencia es recíproca, ya que dentro del sistema capitalista el obrero está obligado a entregar al capital su fuerza de trabajo para sobrevivir, pero el capital igualmente necesita explotar la fuerza de trabajo del obrero para no perecer, favoreciendo el crecimiento del capital productivo y apuntalando la dominación de la burguesía sobre la clase obrera.

Advertimos que el incremento de la plusvalía sujeto a las mercancías no viene dado por la condición de las materias primas, ya que el valor de estas se incorpora directamente al producto final, al igual que es ajeno a las mejoras tecnológicas y al incremento de los precios, ya que ambos se estabilizan por la feroz competencia intercapitalista que enfrentan.

Para aumentar la plusvalía, el empresario capitalista recurre a alargar el tiempo de la jornada laboral tanto como le permitan, pagando por ello lo mínimo posible.

A modo de conclusión, enfatizaremos en la necesidad de derrocar este régimen de usurpación que representa la verdadera naturaleza de la sociedad capitalista.




martes, 8 de enero de 2019

CLIMA INSURRECCIONAL EN FRANCIA. LOS CHALECOS AMARILLOS DESTAPAN LAS VERGÜENZAS DEL RÉGIMEN BURGUÉS.


Por Nandu de Diego: 


No se podía imaginar una usuaria de internet, trabajadora de banca,  que la petición virtual solicitando la bajada en los precios del combustible (estos se habían disparado en el último año, especialmente los del diésel) que estaba realizando en una conocida plataforma de recogida de firmas, iba a convertirse en la chispa que encendiera la mecha de un movimiento social de protesta que incomodaría a la burguesía y que está poniendo en jaque a la clase política francesa instalada en un gobierno de corte liberal, que se muestra a cada vuelta más reaccionario si cabe que sus predecesores.

Ahogados por las cargas fiscales, con la sensación de una incesante pérdida de poder adquisitivo planeando sobre la población desde el inicio de la última crisis de sobreproducción, y con la lucha contra el abusivo incremento a los impuestos de la gasolina y el diésel como telón de fondo inicial (con la supuesta pretensión de promover la transición energética, el gobierno de Macron aumentaría los impuestos a los carburantes de 7,6 céntimos por litro para el diésel y de 3,9 céntimos para la gasolina, pendiente aún de aplicar las tasas suplementarias en el año venidero), varios usuarios secundando la solicitud de la anterior, impulsan meses más tarde en las redes un llamamiento “on-line” a la acción colectiva (el inicio del movimiento se fecha en el día 17 de noviembre), que se convierte en viral y se extiende a otros usuarios que no dudan en promover el bloqueo en numerosas vías y carreteras de algunas de las principales regiones francesas, dando lugar de manera espontánea y espontaneista a las primeras concentraciones del conocido como movimiento de los chalecos amarillos (gilets jaunes en su versión original), que nacía como una herramienta independiente de partidos y sindicatos, pero que cuenta ya con el apoyo manifiesto de gran parte de la población de Francia, incluidos estos últimos y otras organizaciones civiles a las que ha arrastrado, a pesar de que inicialmente decidieran marcar distancia (la Federación Sindical Mundial ya ha mostrado su solidaridad con la clase trabajadora francesa).

El movimiento crece desde el descontento de una Francia rural abandonada institucionalmente y de las zonas periféricas de los grandes núcleos poblacionales, hasta hacer patente su fuerza en las calles de los barrios ricos de las grandes urbes galas, y es precisamente cuando la intensificación de sus acciones se traducen en las revueltas de París que este adquiere una dimensión mediática en el plano internacional (recordemos como los principales telediarios de todo el mundo abrían portadas con los disturbios producidos en los Campos Elíseos, en la lujosa Avenida Foch y Grande-Armée).

"El levantamiento", de Honoré Daumier


La internacionalización de las protestas, que se están extendiendo bastamente en numerosos países repartidos por toda la geografía mundial con diferentes desarrollos pero similar modelo estructural apartidista, hacen que los grandes media al servicio del capital copen sus páginas principales con una suerte de diario en que tratan de desacreditar el movimiento poniendo en entredicho su “legitimidad” y con el que tratan de confundir a la opinión pública, pero no pueden evitar que resurjan en el imaginario colectivo los ecos de las luchas históricas de una clase trabajadora que nos marcó un camino que completar en aquella Revolución de 1789, en La Comuna de París de 1871 y en muchos más intentos de insurrección obrera hasta hoy, si bien las condiciones objetivas bajo las que se ve obligado a luchar el proletariado para sustituir una determinada dominación de clase por otra se han ido transformando desde entonces.

Lo que comenzó siendo una serie de concentraciones de carácter un tanto caótico en lo organizativo y con ciertos paralelismos entre sí en torno a una única reclamación común, ha derivado en un levantamiento popular que alberga a trabajadores, estudiantes, jubilados y desempleados de todo el país, movilizándolos en masa y canalizando el descontento social hasta el punto de aumentar el nivel de las reivindicaciones, que han madurado en una excelsa lista de reformas clásicas del sindicalismo (desgraciadamente, estas descansan en su conjunto sobre la base de las relaciones de producción burguesas y no afectan al antagonismo entre capital y trabajo asalariado) con la que pretenden frenar el desarrollo de las medidas impopulares del gobierno y al mismo tiempo enfrentar las políticas anti obreras de la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional.

A la supresión de la subida del impuesto al combustible se le unen otras reclamaciones que perfilan el carácter de clase del movimiento, como el establecimiento del salario mínimo en 1300 euros netos, la accesibilidad a una seguridad social igualitaria, la protección de las pensiones a fin de evitar una disminución en el reparto de las mismas y bajar la jubilación a los 60 años de edad, la defensa del sector industrial ante la constante reubicación de las empresas, la inversión en una educación pública y de calidad y que no se supere un determinado ratio de alumnos por clase, batallar contra la corrupción fiscal, tumbar las políticas de austeridad que sólo afectan a los estratos más débiles entre las clases populares, etc, y poco a poco van incorporando exigencias políticas de mayor calado.

Es precisamente este paso adelante el que preocupa al arrogante presidente y a sus consejeros, temerosos que el proletariado continúe desafiando su autoridad y tome conciencia de que la superación de la crisis capitalista no vendrá dada por el régimen burgués.

La toma de la Bastilla, el 14 de julio de 1789



Sin interlocutores “oficiales” con los que negociar, el gobierno de Macron ha optado por adelantar una serie de concesiones populistas que ya tenía pensado ejecutar futuramente, en un intento desesperado de aplacar la desafección social latente que parece no haber surtido efecto, a tenor de que las movilizaciones continúan con mayor intensidad, a pesar del anuncio gubernamental de anular la subida de la tasa al carburante y aprobar unas medidas fiscales que contemplan unos presupuestos caritativos destinados a paliar estadísticamente los déficit de poder adquisitivo de los estratos más empobrecidos. Era su plan B y parece estar agotado, toda vez demostrado que el plan A, el uso de la fuerza coercitiva, no solo no disipó las movilizaciones sino que incrementó el odio de clase hacia su gestión.

A la represión de clase, que deja de momento miles de detenidos, centenares de heridos y algún muerto, solo puede enfrentarla una respuesta de clase, si bien es muy pronto para vaticinar cual será y cuánto durará el impacto político de esta respuesta, que se mantiene en un punto de inflexión peligroso, enfrentando al tiempo que adquiere una lógica propia, la infiltración de la burguesía en el movimiento y los intentos de absorción del mismo por parte de los sectores más “lepenizados”, si bien los elementos reaccionarios que han ido apareciendo durante las manifestaciones iniciales constituyen un reducto marginal que se ha depurado sistemáticamente a medida que se agudizaban las contradicciones de clase.

Algunos analistas achacan a la falta de dirección existente y a la composición sociológica heterogénea la apertura de una ventana a la adhesión de oportunistas de todo pelaje, pero es ahí donde el movimiento obrero francés debe penetrar de manera resuelta y aportar su experiencia, en vez de dar la espalda a este posible germen pre revolucionario y abonar el campo de crecimiento de la extrema derecha en un territorio que conoce de primera mano el significado de resistir al fascismo y al nazismo.

Flaco favor hacen a la causa quienes acusan al movimiento de xenófobo (obviando el gran número de migrantes politizados contenidos en el movimiento) o de violentos (pueden esperar sentados los excesivamente moderados si piensan que la victoria de la clase obrera se producirá a golpe de tambor).


La clase trabajadora francesa ha recuperado así un espacio de interacción conjunta establecido en base a vínculos directos, y esto debe ser aprovechado para extraer las enseñanzas pertinentes y para reforzar unas estructuras de relación entre obreros bastante debilitadas en las últimas décadas, dispuesta la coyuntura en que los explotados, los sin voz, exigen radicalmente su derecho a la palabra mientras arde París.

Gustave Caillebotte. Calle de París, tiempo lluvioso. 1877




sábado, 5 de enero de 2019

ALCOA, O DE COMO LA CLASE TRABAJADORA SACA MÚSCULO ANTE EL DESMANTELAMIENTO INDUSTRIAL


Por Nandu de Diego: 

El 2019 comienza igual que terminó el año anterior para la clase trabajadora, y los conflictos inherentes al desmantelamiento industrial que provoca la destrucción de miles de empleos directos e indirectos siguen patentes en mayor medida.

Es este apartado el que centra el contenido de esta breve nota, y en concreto en la batalla en que están inmersos los trabajadores del sector del aluminio empleados en las plantas de Avilés y La Coruña pertenecientes a la multinacional Alcoa, que continúan en lucha contra el ERE de extinción que afecta a toda la plantilla (lo que supone una cifra total posterior a la primera oleada de despidos que actualmente ronda los 686 obreros) y en extensión a sus familias, así como también afecta negativamente a la economía de la zona.

"Nosotros demandamos". Pintura del estadounidense Joseph John Jones (1909-1963).



Pese a ser líder en el sector, los altos niveles de beneficios obtenidos por la empresa norteamericana con sede central en Pittsburg en el conjunto de sus localizaciones dentro del marco estatal español, la millonaria inyección económica recibida y las ventajas obtenidas en la tarifa eléctrica concedidas por el gobierno durante muchos años tras la adquisición de todas las divisiones del grupo Inespal en el año 1998 por más de 400 millones de dólares (aprovechándose de la coyuntura creada por el inicio del proceso de privatización accionado durante el primer mandato de José María Aznar y derivando en una operación deficitaria para el Estado), esta decide echar el cierre en dos de las tres fábricas que continuaban activas (las otra se ubica en San Cibrao, Lugo) pero consideran tienen un carácter deficitario, dejando así en el desamparo a sus asalariados, alegando la dificultad de operar con competitividad ante el encarecimiento de la energía (lo que supondría un aumento en los costes de producción) y el elevado precio que adquiere en el mercado internacional la materia prima principal necesaria para producir (algo que contrariamente a lo que exponen los beneficia, dado que produce y vende alumina a terceros y esto ha contribuido a incrementar sus ingresos).

Parecen cumplir así con la amenaza esgrimida en el año 2014 durante su pulso con el gobierno cuando advirtieron que esto sucedería, motivados por la desestabilización que conllevó el anuncio de la supresión del incentivo en la subasta de interrumpabilidad y la decisión del ministro José Manuel Soria de conceder las ayudas desde ese momento mediante concurrencia competitiva.

En realidad, que sus factorías sean objetivamente rentables en lo económico según indican los últimos ejercicios anuales, no impide que la multinacional decida reestructurarse mediante un plan de deslocalización en encubierto (para muestra, la ausencia de inversión en la mejora de las instalaciones y en desarrollo, y el traslado de capital destinado a ello a impulsar sus plantas en otros países), a fin de aumentar aún más si cabe su tasa de ganancia, acumulando capital a costa de jugar con el pan de la clase trabajadora de los emplazamientos donde se instalan sus centros de producción menos eficaces para los intereses de sus capitalistas, algo que no debería permitirse, si bien la dirección de Alcoa, azotada por guerras internas producto de la inestabilidad en bolsa, se enroca en su posición de no negociar nada que no sea los trámites de despido de las personas a las que quiere forzar a engrosar las listas del ejercito de reserva de mano de obra.

La solución para unos obreros con más necesidad de respeto que de pan no pasa por el traspaso de la gestión a otras empresas previa venta como algunos plantean desde Industria y como ya se hiciera anteriormente en otros de sus centros con idénticos resultados, ni por aplicar otras medidas reformistas que incidan compensatoriamente en la base salarial, ni por los postulados demagógicos de quienes desde lejos de los centros de trabajo hablan de “contactos permanentes” y “diálogos fluidos” para estirar la situación, mientras alcanzan bajo manga un acuerdo que tan siquiera palíe el desastre, en busca de algún tipo de rédito individual que lo mantiene preso de esa extraña dicotomía de tener que contentar al capital sin echarse encima a los obreros (sustituyendo en el mejor de los casos, trabajo fijo con condiciones adquiridas por un empleo más precario y que verá disminuido los salarios). 

Pasa por la expropiación sin concesiones, por abolir la propiedad privada de los medios de producción a manos de los capitalistas favoreciendo el control público de este y de todos los sectores estratégicos, y esto los perjudicados lo tienen claro, por lo que han establecido estos puntos claves como eje principal de sus reclamaciones, trascendiendo a las reivindicaciones laborales clásicas. 

Son conscientes que cuando todos los instrumentos y materiales que intervienen en el proceso de trabajo sean arrebatados a los capitalistas que los explotan y puestos a disposición de los intereses del proletariado, la burguesía moderna empezará a sentir verdaderamente como se derrumban los cimientos que la perpetúan como clase dominante.

Es en este punto de toma de conciencia para revertir las relaciones de producción desde el que se ha vertebrado la lucha de los más "politizados" contra el cierre de las unidades de producción citadas anteriormente, aunque ya sabemos, sin ánimo de incurrir en un mensaje derrotista, de la capacidad de las grandes multinacionales para imponer sus normas bajo el capitalismo.

Ya lo advertía la ministra de Trabajo, Migraciones y Seguridad Social, Magdalena Valerio, en un alarde de intelectualidad impropio, cuando afirmaba que ni estamos en una economía estatalizada, ni se intervendrá la empresa porque no estamos bajo la influencia de un régimen comunista.

Hoy como ayer, el camino a recorrer pasa por la organización y la unidad en un frente común contra la violencia del capitalismo, y hoy como ayer se torna necesario articular una respuesta de clase ante estas condiciones adversas, sembrando conciencia de clase con cada ejemplo, porque el problema no es solo de ellos, sino del proletariado en su conjunto.

De momento, las voces firmes de las miles de personas que se solidarizan a diario con los trabajadores afectados y de los que los apoyan en sus movilizaciones, siguen gritando alto y fuerte que ¡Alcoa no se cierra!, permítanme pues mantener la esperanza. 


miércoles, 5 de diciembre de 2018

FASCISMO; DESNUDANDO SU CARÁCTER DE CLASE. I- ACERCAMIENTO AL SIGNIFICADO, ORÍGENES HISTÓRICOS Y CARACTERÍSTICAS PRINCIPALES.

Por Nandu de Diego:

Guernica. Obra de Pablo Picasso


Ahora que se intensifican las advertencias sobre el peligro inminente que supone el “avance del fascismo” en nuestro territorio (cuando este ha supuesto una constante a utilizar en la esfera global desde hace mucho tiempo), conviene repasar el significado, el origen y las características principales de este poderoso enemigo, no ya intentando que sea de ayuda a la hora de identificarlo y combatirlo, pues tal objetivo, entiendo, puede resultar ciertamente pretencioso, sino para sentar unas bases (debatibles) que permitan el acercamiento del lector al posterior estudio de la cuestión más en profundidad.


Recurriremos no obstante, a las reflexiones esgrimidas por diversos autores clásicos que analizaron el tema con mayor pulcritud e incluso padecieron su agresiva influencia, para abordar nuestro planteamiento desde una vertiente histórica y desde el terreno filosófico, a fin de facilitar la comprensión sobre el complejo fenómeno que enfrentamos.

Este es el primero de una serie de artículos dedicados al estudio concreto del fascismo, que iré complementando desde la humildad de mis conocimientos presentes y de cuanto aprenda en lo sucesivo.
Mi alusión a determinadas fuentes de consulta de ahora en adelante, no implican mi aceptación a la obra completa ni mi admiración al autor, pero pueden resultar prácticas para alcanzar mayor concreción analizando desde diferentes ámbitos o contienen partes lo suficientemente interesantes para reflexionar sobre ellas.


He de decir que estas notas no nacen de manera casual, son consecuencia de la suma de varias circunstancias, por un lado percatarme que de un modo simplista abusamos del término reduciéndolo a la mera condición de insulto y catalogando indiscriminadamente como tal a todo aquel con el que confrontemos y que se anteponga a nuestros intereses particulares, por otro que determinadas organizaciones de “izquierda” lejos de hacer autocrítica, focalizan los motivos de este “auge” prefascista personalizando sobre la falta de “empatía electoralista” hacia ellos de unos u otros miembros de la clase trabajadora y el lumpemproletariado, víctimas en última instancia de la desesperación social acentuada durante las crisis, de la demagogia y del chovinismo. Esto constituye un error de base (empiezo a creer que intencionado) en la medida que se utiliza para invisibilizar  la verdadera naturaleza del fascismo y se le dota de un carácter esporádico y casual, y más sabiendo que los necios poseemos la extraña habilidad de quedarnos mirando el dedo cuando este señala la luna.

Podían haber hecho especial hincapié en preguntarse porque un proletariado completamente atomizado cada vez se desliga más de quienes se presuponen sus aliados naturales, o plantearse la facilidad que tiene el fascismo para penetrar ideológicamente en una juventud de clase obrera mayoritariamente alienada, desprovista sistemáticamente de vestigio alguno de conciencia de clase. Pero no, me temo que no actuarán consecuentemente, en realidad seguirán azuzándonos, preocupados por unir bajo una u otra bandera los intereses de la burguesía y de los explotados de los que hace tiempo se olvidaron, o en su defecto, ampararlos bajo un idéntico marco identitario o el de una simbología que “conecte” con el total de “la ciudadanía”.



De ahí la importancia de analizar porque no solo la burguesía y pequeña burguesía, sino también el proletariado, especialmente en los estratos más atrasados, se ve arrastrado por este fenómeno y porque resurge la utilización del fascismo coincidiendo con la incapacidad de las élites financieras para continuar sin “anomalías” con los planes previstos de reproducción del capital.


Por el contrario, nada nos aleja más de la realidad material que confundir su carácter de clase y sintetizar la esencia del mismo en divagaciones garzonianas sin fundamento.


Una cosa es evidente, y es el surgimiento de toda clase de interpretaciones carentes de exactitud acerca del tema, que nos entorpecen a los analfabetos funcionales como yo el acercamiento a la realidad inherente. Trataremos honestamente que esta no sea una de ellas.


Ernest Mandel, que reflexionaba en su obra sobre la fascinación de los teóricos de la sociología y la ciencia política por el tema y la complejidad que enfrentaban para definir este proceso de forma rigurosa, apuntaba que ”la historia del fascismo es también la historia del análisis teórico del mismo. La aparición simultánea de un fenómeno social nuevo y de las tentativas efectuadas para comprenderlo es más sorprendente en el caso del fascismo que en cualquier otro ejemplo de la historia moderna. Esta simultaneidad tiene sus orígenes en el hecho de que la súbita aparición de ese nuevo fenómeno parecía alterar el curso de la historia hacia el ”progreso”. El shock que experimentaron los observadores atentos del proceso fue todavía más fuerte en la medida en que esa sacudida de la historia vino acompañada del ejercicio directo de la violencia física sobre los individuos. Bruscamente, el destino histórico e individual de millares, y posteriormente de millones de seres humanos, se transformaron en una misma cosa. No sólo sucumbieron los partidos políticos sino que la existencia, la supervivencia física de importantes grupos humanos se convirtió súbitamente en un problema”.


Pero entonces, ¿existe una definición consensuada de lo que es el fascismo en base a condiciones objetivas?


La palabra proviene del italiano, 'fascio', que significa literalmente 'haz'. 
Diversos autores coinciden en que se trata de un modo de dominación política de la burguesía para perpetuar la dictadura de clase del capital, cuando a este le resultan insuficientes sus métodos parlamentarios clásicos para imponerse al proletariado. De hecho, es la herramienta más violenta de que disponen las élites del capital financiero para reorganizarse durante la fase de decadencia y las periódicas crisis de sobreproducción, extender su dictadura criminal y apuntalar su dominio sobre la sociedad, anteponiendo sus intereses en contra de la clase obrera y asegurándose la dirección de la fuerza de trabajo.  


El fascismo es la máxima expresión de la contrarrevolución internacional, en tanto en cuanto tiene para con las organizaciones proletarias revolucionarias de todo el mundo un fin liquidador, a objeto de eliminar todo rastro de oposición.


El fascismo es la guerra, utilizada para desprenderse de todo cuanto suponga un estorbo a la hora de continuar el rumbo monopolista/imperialista del capital y su tendencia expansionista de desarrollo.


El fascismo, por su carácter revolucionario (en la medida que trata de superar el régimen político establecido), es táctica y estrategia, y subestimar este punto es no entender como ha arraigado lenta y sutilmente para precipitar su expansión de un modo drástico. Debemos separar nuestra concepción del fascista del de la derecha tradicional, y el del estado de régimen fascista de la de una democracia burguesa al uso, sobre todo por la distinta utilización de las formas institucionales y porque el primero trata de abolir y superar al segundo, si bien no debemos menospreciar las bases sentadas sobre esa democracia clásica para propiciar el florecimiento de una nueva reacción.


De todo lo expuesto anteriormente deduciremos la estrecha vinculación del fascismo y el capitalismo, por lo que he decidido no hacerme eco de ciertas tesis que lo tratan como un ente autónomo situado por encima de los intereses del capital.


No podemos desligar el fascismo del capitalismo, ni fraccionar nuestra lucha contra este, pues como diría Bertolt Brecht “estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, rebelarse contra la barbarie que nace de la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo.”


En palabras de J. Dimitrov, extraídas de su nota “El carácter de clase del fascismo”; “El fascismo es el poder del propio capital financiero. Es la organización del ajuste de cuentas terrorista con la clase obrera y el sector revolucionario de los campesinos y de los intelectuales”.


Sin embargo, es ante estos que se presenta camuflado como un postulado revolucionario cercano al obrero destinado a derrocar el antiguo régimen burgués en nombre de la nación en cuestión. Gran parte de la población contagiada por la desafección general, desengañada de los partidos políticos y sindicatos mayoritarios, ven en el triunfo del fascismo una tabla de salvación para sus intereses nacionales, desconocedores quizás que este solo especula con sus necesidades en beneficio de los capitalistas.


He aquí el peligro, cuando el fascismo se organiza para atender (en lo discursivo) las exigencias más básicas de las masas trabajadoras, mientras estas son olvidadas por el amplio espectro de formaciones que juegan a la ambigüedad ideológica y no encuentra en su conjunto representación en esa farsa disfrazada de parlamentarismo.


Tan pronto cumple su función aniquiladora física e intelectualmente, el fascismo es extirpado del poder político por el propio capital, que amabilizará su dominación y no volverá a acudir a la reacción hasta agotar todas las demás vías de permanencia.


Analicemos donde hunde originariamente sus raíces el fascismo.


Para explicar el origen del fascismo me siento obligado a separarlo en tres contextos diferenciados en el tiempo; la semilla donde comenzó a brotar ideológicamente, la constitución del mismo en movimiento político y la toma del poder y su introducción en la forma de estado. De manera aproximada y partiendo de un análisis histórico y cultural, situaremos el epicentro de las diversas consideraciones hacia la génesis del fascismo (si bien la Primera Guerra Mundial fue el detonante de su gestación como movimiento político) en la Europa del horror del siglo XIX en la que el capitalismo comenzó a ensayar nuevas formas de reacción, más despiadadas y crueles que en los tiempos que precedieron, y cuyo terrorífico legado heredó la Italia de comienzos del siglo XX, donde una impotente burguesía sobrepasada por el camino de lucha emprendido por la clase trabajadora, era incapaz de perpetuar su poder al tiempo que atestiguaba la descomposición del régimen capitalista que tanto los había costado construir.


Pero la falta de organización y de cohesión entre las diferentes manifestaciones ideológicas existentes dentro del proletariado de entonces, condujeron a un conocedor de las mismas en profundidad, Benito Mussolini (quien acuñó el término y promovió la instauración de un “estado fascista”), y a su sequito de delincuentes y criminales a aprovechar estratégicamente la situación para liquidar cualquier conato revolucionario proletario y apuntalar la posición de clase de la burguesía, utilizando para ello dos elementos claves, la violencia y la propaganda.  


Mussolini se impuso como primer ministro del país desde el año 1922 hasta el 1943, y murió ejecutado en un ejercicio de justicia poética dos años después.


Retrato de Benito Mussolini, pintado por Arthur Fischer 



Fue durante su dictadura que el fascismo se extendió, presentándose como alternativa a las democracias liberales y al socialismo, y el término sirvió para homogenizar con mayor o menor acierto a la mayoría de movimientos ultrarreaccionarios surgidos tras la primera guerra mundial, calificando por ejemplo como tal pese a sus diferencias palpables a la Alemania nazi o a la España franquista, a medio camino ambas de la evolución política, económica y social reservada por entonces a las sociedades modernas y ampliamente industrializadas.


Desde entonces hasta hoy, el término ha ido devaluándose progresivamente hasta su completa banalización, pero el peligro que se esconde tras ese concepto continúa existiendo. El fascismo sobrevive sustentado en un ideario nacional-chovinista, enfrentando a los obreros de diferentes territorios y preparando las condiciones favorables para su reconquista particular.


Para Dimitrov, “El peligro del fascismo para el proletariado y para el movimiento sindical clasista es un peligro permanente y creciente. La eliminación definitiva de dicho peligro sólo es posible mediante el derrocamiento de la dominación de la burguesía, mediante la sustitución de la dictadura burguesa por la dictadura del proletariado en alianza con los trabajadores del campo. Considerar el fascismo como un fenómeno temporal y transitorio, que, dentro de los marcos del capitalismo, podría ser reemplazado por el restablecimiento del viejo régimen democrático-burgués, así como negar el peligro del establecimiento del fascismo en los grandes países capitalistas es hacerse vanas ilusiones, que sólo pueden debilitar la vigilancia y la resistencia del proletariado, servir al fascismo y coadyuvar al fortalecimiento temporal de la dictadura fascista”.


Es normal que el capitalismo (y por ende el fascismo) reconozca en el comunismo a su único enemigo, toda vez que este trabaja por la emancipación de todos los enemigos de clase de los capitalistas, de todos los trabajadores del mundo.


Recordemos que en Italia surge en respuesta a los obreros que ocuparon las fábricas y trataron de asaltar los medios de producción, en España se instala con otras características tanto sociales como culturales en respuesta al Frente Popular, en la Alemania nacional-socialista liderada por Adolf Hitler previa campaña concertada, para contrarrestar el impulso de un partido comunista alemán en boga, en Bulgaria, Polonia, etc…


Nuevamente, es imposible ocultar el carácter de clase del fascismo ajustándonos a los datos fehacientes, por lo que entiendo lo que le debe costar en salud a los trileros de turno de la burguesía moderna conciliar un discurso “antifascista” y entonar el “no pasarán” por la noche y levantarse a la mañana siguiente para vender a los obreros que decían defender, solo por no perder su posición jerárquica. Pero en este texto de Antonio Gramsci (extrapolando la cita a nuestra realidad material), encontramos una posible respuesta al porque de esa negativa inicial de la “derecha clásica” reaccionaria y oportunista a la instauración de nuevas formas de reacción más extremas; “En sustancia, el fascismo modifica el programa de conservación y reacción que siempre ha dominado la política italiana solamente con un modo distinto de concebir el proceso de unificación de la fuerza reaccionaria. A la táctica de los acuerdos y los compromisos sustituye el propósito de realizar una unidad orgánica de todas las fuerzas de la burguesía en un solo organismo político bajo el control de una única central que debería dirigir conjuntamente el partido, el gobierno y el Estado.”


De aquí se desprende también a modo de enseñanza, una “pequeña” diferencia entre el fascismo, que basa la clave de su “éxito” en instaurar una dictadura favorable al capital unificando las fuerzas reaccionarias, y el movimiento comunista que trata en cambio de instaurar una dictadura favorable al conjunto del proletariado, la dictadura del proletariado mismo constituido en una clase para sí, unificando todas las fuerzas de los desposeídos de los medios de producción.


Es por ello que el fascismo trata de filtrar entre las masas sus políticas escisionistas, ayudados por los reformistas, los entreguistas y los viejos dirigentes favorables, para fragmentar la unidad del movimiento obrero.


Siguiendo con el pensamiento de Gramsci allá por el año 1926; “el fascismo, como movimiento de la reacción armada que se propone el objetivo de disgregar y desorganizar a la clase trabajadora para inmovilizarla, entra en el cuadro de la política tradicional de las clases dirigentes italianas, y en la lucha del capitalismo contra la clase obrera. Por este motivo, aquél se ve favorecido en sus orígenes, en su organización y en sus caminos, indistintamente por todos los viejos grupos dirigentes...”


Sobre la indigencia mental de quienes equiparan el comunismo al fascismo y lo condenan por su carácter autoritario y violento, no diré nada salvo que su manifiesto desagradecimiento es fruto de la ignorancia histórica en que se hallan sumidos.
Acerca del principio de autoridad y la posibilidad de prescindir o no de él en las condiciones actuales de la sociedad, recomiendo leer el texto “De la autoridad” de F. Engels, y atento a la condena a la violencia, solo apuntaré que se antoja indispensable para revertir el orden social y construir la paz para los explotados.

Con todos los respetos y a riesgo de destrozar las ilusiones de más de uno, en algún momento durante la verdadera ofensiva de los elementos físicos del fascismo que ha de llegar nos hará falta algo más que batukadas y globos para combatir a una burguesía que maneja no solo la economía, sino también los ejércitos militares, los órganos de represión, las mafias, la industria armamentística y tecnológica, los métodos de control…



El desarme físico de los revolucionarios proletarios solo debería darse una vez desarmado el capitalismo (pero no nos engañemos, no debemos obviar que el camino de la lucha organizada y la insurrección armada colectiva es duro y complicado, máxime si tenemos en cuenta que actualmente apenas hay espacio para la clandestinidad). Por el contrario el desarme ideológico no debe producirse nunca, pues debemos avanzar a la vanguardia en el terreno de las ideas, asumiendo con autocrítica nuestros errores para corregirlos, extraer de ellos un aprendizaje y evolucionar para ser útiles en nuestra batalla por poner fin a la explotación del hombre por el hombre.


El terrorismo individual y la comisión de actos vandálicos desorganizados y sin finalidad alguna no son revolucionarios per se, y dificultan la lucha contra el fascismo y contra el capitalismo en términos generales, aislando de la causa a el grueso de la clase trabajadora.


Exponerse constantemente de manera innecesaria, algo habitual en estos tiempos donde todos tendemos a publicitar nuestro “activismo antifascista” en las redes sociales, facilita que el control represivo sea ejercido en nuestra contra y dificulte nuestra militancia.


Es sin complejos pero desde el tacticismo, la cautela y el sigilo, inesperada pero súbitamente, que se asientan los golpes más efectivos de las masas trabajadoras contra monstruos tan poderosos.


Al fascismo debemos hacerle frente en todos los ámbitos y en cualquier lugar que se manifieste, sin compasión alguna, hasta barrerlo y colocarlo en el basurero de la historia, pero para ello es necesario mostrarnos inteligentes, reconocerlo y ubicar en el eje de nuestra lucha la perspectiva de liberación de clase del proletariado y sus principales intereses, de lo contrario estamos abocados al fracaso.







Cuadro original de José Alcala, que muestra la calle Toledo de Madrid durante la Guerra Civil.
















domingo, 25 de noviembre de 2018

CAPITALISMO, Y LA ESENCIA EGOISTA DE UN PODEROSO FRENTE CONTRA LA CLASE OBRERA.


Por Nandu de Diego:
Afirmaba Warren Buffet; “Ciertamente hay guerra de clases, pero es la mía, la clase de los ricos, la que la ha declarado y la estamos ganando”.
En efecto, durante los últimos siglos la dictadura del capital construida sobre la sangre, el sudor y las lágrimas de la clase trabajadora ha dominado a la sociedad, configurándola a su antojo y atrapándola en una especie de trampa coercitiva de la que aparentemente no tiene permitido escapar, estableciendo según palabras de Karl Marx “una nueva relación de hegemonía y subordinación, que a su vez produce sus expresiones políticas”.
“El enfrentamiento de las condiciones de trabajo producidas y en general de los productos del trabajo, como capital, con el productor directo, implica desde el primer momento un carácter social determinado de las condiciones materiales de trabajo con respecto a los obreros, y por lo tanto, determinada relación que éstos, en la producción misma, establecen con los poseedores de las condiciones de trabajo y entre sí”.
Sin embargo, desde el precepto ideológico de la moral y la justicia nos venden la imagen interesada de un marco capitalista bajo el cual se defienden los “derechos humanos” y se desarrollan en democracia toda suerte de libertades inexistentes en el “viejo mundo” feudal, hasta el punto que parezca que somos privilegiados por poder elegir en el mejor de los casos quien nos explota o nuestra filiación a un grupo identitario determinado dentro del cual aspiramos a realizarnos como individuo. Pero ¿acaso no está sustentada esa moral y esa justicia en la ideología dominante? ¿No es el hombre creador de las relaciones sociales y al tiempo consecuencia del conjunto de las mismas? ¿No es el peso del propio sistema el que nos conduce a aceptar “voluntariamente” el statu quo actual sin plantearlo siquiera alternativa?
Es bajo el sistema capitalista que el caos económico imperante en el libre comercio deriva hacia los monopolios, alcanzando la fase imperialista en que las contradicciones entre las principales potencias se agudizan, en tanto en cuanto estas compiten por el dominio de los mercados mundiales, creando numerosos conflictos bélicos, y es bajo el sistema capitalista también, cuando este se encuentra en fase de descomposición, que surge la utilización del fascismo como herramienta para perpetuarse.
Si es verdad que el capitalismo está sujeto a sufrir implosiones en forma de crisis de sobreproducción que se reproducen periódicamente, no menos cierto es que estas son esenciales para su supervivencia y que tristemente las acaba sufriendo por igual el conjunto del proletariado, mientras las contradicciones de carácter antagónico que el mismo sistema no puede resolver sin violencia devienen irremediablemente en su propio apocalipsis.
Hablar de abundancia y de prosperidad dentro de un capitalismo en decadencia que tiende a destruir la naturaleza y al ser humano como parte de la misma, cuando estos constituyen sus principales fuentes de riqueza, es desvirtuar la realidad material.  
Para Engels, “únicamente una organización consciente de la producción social, en la que la producción y la distribución obedezcan a un plan, puede elevar socialmente a los hombres sobre el resto del mundo animal, del mismo modo que la producción en general los elevó como especie”.
El capitalismo no promueve la solidaridad, por más que algunos economistas neoliberales nos hablen de sus bondades, sino la caridad, fomentando la dependencia del pobre al sistema en vez de legarle herramientas para poder emanciparse del mismo.
El modelo de producción capitalista busca en primer lugar saciar sus ansias de ganancias, acumular capital apropiándose del trabajo ajeno, y para ello debe desatender de un modo consciente las necesidades de la mayoría de la población, de la clase obrera a la que extrae la plusvalía relegandola al éxodo, a la miseria, a la esclavitud, al saqueo, a la represión, a la inacción, al terrorismo de la patronal.
La propiedad privada como sostén, la utilización del ejército de reserva industrial de mano de obra esclava y la mercantilización de la fuerza de trabajo constituyen condiciones necesarias para la reproducción y expansión del capital, y es bajo el robo de esta fuerza de trabajo a merced del mercado (la teoría del valor demuestra que el valor de lo que los trabajadores reciben es inferior al valor que generan) y la cruel competencia que enfrenta, que se produce la explotación del proletariado, máxima expresión de la desigualdad social en beneficio de la burguesía moderna, de la sociedad de los capitalistas. Observemos que esa desigualdad es precisamente el eje sobre el que se vertebra el capitalismo.
“El capitalismo es la propiedad privada de los medios de producción y la anarquía de la producción. Predicar una distribución justa de la renta sobre semejante base es proudhonismo, necedad de pequeño burgués y de filisteo”, que diría Lenin.
Por tanto, teorizar sobre un capitalismo “bueno” o de “rostro amable” que favorece el desarrollo del conjunto de la humanidad, sabiendo que la esencia del sistema mismo se halla en los intereses egoístas de unos pocos criminales, es completamente irracional y para nada moderno, por mucho que la caterva mediática y los nuevos vende-obreros se esfuercen en presentarlo como “nueva política”.
Elevar la conciencia de clase obrera a su máximo exponente pasa por asimilar que entre el proletario desposeido de medios de producción y el propietario capitalista existe un antagonismo irreconciliable.
No debemos caer en el engaño de la clase política al servicio del capital ni de sus secuaces, quienes con sus argucias plantean “apaños” dentro del sistema como único fin, modelándolo y adaptándolo en base a la necesidad constante de reinventarse para superar las contradicciones que genera, sin cambiar ni el propio sistema ni las relaciones de producción existentes en él y alejando con su estrategia reformista al obrero de la lucha de clases y de una posibilidad real de organizarse en revolución.
Solo adquirir una visión global del funcionamiento del sistema en base a la realidad objetiva, su estudio y la construcción en la praxis del socialismo en oposición al capitalismo y bajo la tutela teórica de la doctrina científica creada por Marx, garantiza una reversión en el orden social establecido y por tanto la posibilidad de emancipación de los desposeídos y los explotados, que han de constituirse en una única fuerza capaz de derrocar a la burguesía.


El capitalismo ha impulsado la acumulación de riqueza en una minoría a costa de apropiarse del trabajo ajeno


martes, 23 de octubre de 2018

CONTRA LA EXPLOTACIÓN CAPITALISTA, RECUPEREMOS LA LUCHA DE CLASES Y AL PROLETARIADO COMO SUJETO REVOLUCIONARIO


Por Nandu de Diego:


"El Cuarto Estado" (en italiano "Il Quarto Stato" ) es una obra de Giuseppe Pellizza da Volpedo realizada en 1901


Conceptos inherentes a la colectividad, como la explotación, no deberían disolverse, entiendo, en el seno de términos acuñados si acaso en el estudio de la estadística de determinados casos particulares, amén de diferentes matices que no trascienden del ámbito privado del asunto y que nos conducen irremediablemente a la pérdida progresiva de la conciencia de clase.

Que este artículo lo planté con cierto sesgo economicista (en términos muy básicos) es sólo por puro tacticismo, dejando de lado ese halo pseudohumanista que a todos parece envolvernos y que nos confiere una superioridad moral respecto al resto.

Quiero señalar también que fragmentar la explotación del ser humano en sectores marginales me parece un fenómeno que se reproduce en la batalla dialéctica y en la práctica de un modo ciertamente cotidiano, y que tiene demasiada influencia como para evitar posicionarme al respecto, en la medida que pueda considerar un error la aceptación sin incurrir en mayor análisis de este comportamiento que todo lo impregna, disipando el verdadero significado de dicho concepto y relegando al olvido la perspectiva del marco teórico de la división de clases sociales y de la teoría del valor-trabajo promulgada por Karl Marx y Friedrich Engels, precisamente ahora que la oligarquía financiera avisa de una nueva fase en la crisis de sobreacumulación que nos exige el mayor grado de unidad posible.

Recordemos que; “La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de las luchas de clases”.

Tal y como aseveraban en el Manifiesto Comunista (trasladando dicha afirmación de carácter atemporal a un contexto más aproximado a la actualidad), “La moderna sociedad burguesa, que ha salido de entre las ruinas de la sociedad feudal, no ha abolido las contradicciones de clase. Toda la sociedad va dividiéndose, cada vez más, en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases, que se enfrentan directamente: la burguesía y el proletariado.”

Por desgracia, la realidad actual indica que nos encontramos ante un batiburrillo de posturas ideológicas enfrentadas que ignoran estas enseñanzas (nacionalismos que en poco o nada se diferencian del chovinismo, identidades que no se soportan entre si en su espontanea lucha precipitada por la supervivencia social, dicotomización política de la "izquierda" y la "derecha", etc.), creando extraños conflictos de intereses y dividiendo en la práctica a los subyugados a la dominación capitalista para regocijo de la clase explotadora.

Contradicciones nimias que lejos de superarse, dan cuenta de las dificultades que afrontamos a la hora de organizarse y combatir en función a unos mínimos ineludibles que nos una en la ardua tarea hacia la construcción conjunta de la dictadura del proletariado.

En este punto choca el comunismo con quienes sitúan el epicentro de su lucha en el reconocimiento como colectivo de los que abanderan su causa específica de un modo gregario y superficial, englobando en la misma causa a explotados y explotadores, anteponiendo el individuo a la comunidad como sujeto estructural y situando el yo por encima del nosotros.

Estratégicamente hablando, parece evidente que malgastan sus cartuchos disparando tiros al aire.  

Vivimos una época caracterizada por nuestra incapacidad para identificar la raíz de nuestros males, en la que hemos perdido el rumbo en lo social y lo político y para colmo gastamos energías (que no sobran) en competir entre iguales.

El mercado ha sabido hacer una lectura pragmática de todo ello, y contribuye moldeando grupos identitarios de supuestos “explotados” que no resulten demasiado incómodos.

Del origen compartido de sus males, ese gran enemigo de la humanidad, el capitalismo, poco o nada tienen que enfrentar al parecer, a tenor de los nulos esfuerzos dedicados al objetivo de organizar una respuesta de clase y terminar con la explotación real del hombre por el hombre.

Habrá quien opine que ese es un rival muy grande como para hacerle frente, sí, pero hay esperanza mientras otros opinen no con menor acierto que sólo quienes viven de rodillas ven gigante a su enemigo.

En un estado socialista, la ideología individualista sería remplazada por la educación en los valores comunales, que harían surgir a un hombre nuevo desde un punto de vista filosófico.

Atendiendo a la teoría marxista, podemos afirmar que la explotación no es un ente abstracto aplicable a diferentes situaciones en función de determinadas connotaciones éticas, sino un hecho material objetivable, que separa en clases sociales a los propietarios de los medios de producción de quienes solo cuentan con su fuerza de trabajo (manual e intelectual) y se ven obligados a venderla para satisfacer sus necesidades básicas.

En este proceso, los primeros se apoderan de la diferencia entre la duración de la jornada laboral y el valor del tiempo de trabajo incorporado en los bienes salariales que perciben los trabajadores, lo que conocemos como plusvalía, y que nos sirve para medir la tasa de explotación.

Ubicarnos dentro de este proceso de relación económica y tomar conciencia de nuestros intereses como masa proletaria, debería avocarnos a la lucha política contra los intereses de la clase dominante, la burguesía.

Esto es tomar conciencia de clase, lo que para Marx representa “el mecanismo a través del cual una clase pasa de ser una clase en sí a una clase para sí”.

Asumimos que existen dos clases sociales fundamentales, constituidas en torno al eje de la propiedad de los medios de producción y al robo del excedente de la fuerza de trabajo empleada y que esta relación de explotación se nos presenta objetivamente como un ente común al conjunto del proletariado, luego asumimos por tanto que cualquier batalla sectorial subyace en la lucha por abolir los antagonismos y la desigualdad entre clases.

El antagonismo entre el capital y el trabajo es irreconciliable, y no desaparecerá por realizar reformas en el ámbito mercantil, sino por transformar dichas relaciones de producción.

Adviértase al respecto que la determinación de la clase trabajadora como sujeto al que referirnos dentro del conjunto del proletariado está estrechamente vinculada al proceso de acumulación del capital, ya que este perpetua de manera notoria las relaciones de explotación, y por ende, la anterior citada fuerza de trabajo que no escapa a su control (Marx utilizó la teoría del valor-trabajo para desenmascarar el carácter explotador del sistema capitalista).

Podríamos añadir además, que la clase trabajadora es fruto del propio desarrollo evolutivo del capitalismo, y partícipe activo de su propia explotación en el momento en que produce para el sistema (como apuntábamos, en este proceso los trabajadores realizan su labor durante un espacio de tiempo superior al requerido para crear un valor idéntico al del valor de sus sueldos).

Sin ir más lejos, es a través de este producto resultante de su actividad laboral, que tiene lugar el surgimiento de las “crisis” cíclicas de sobreproducción que tanto los perjudica.

La existencia de las clases antagónicas está estrechamente ligada a las relaciones de producción y por tanto a las relaciones de explotación, y ante el peligro de los discursos que obvian esto y que segregan en grupúsculos al proletariado, se antoja fundamental recuperar el materialismo dialéctico como herramienta para situar la conciencia de clase en el eje de la reflexión, no solo para interpretar de modo más efectivo el mundo, sino para transformarlo, revolución mediante.

La creación de categorías (e incluso subcategorías) de sujetos víctimas de una falsa explotación en función a unos u otros condicionantes que nos desunen, aparte de alejarnos del discurso creador de conciencia de clase y de la masa proletaria, puede resultar tan simplista o más que no hacerlo, ya que no se ajusta con exactitud a una realidad material, si bien las dinámicas sociales interclasistas están en constante fluctuación.

Lo que nos cohesiona como explotados es nuestra pertenencia al proletariado (consciente e inconscientemente) y no motivos religiosos, de género, nacionalidad, etc... De ahí la importancia de aquella mítica frase que rezaba; "¡Proletarios del mundo, uníos!".

La colectivización en diferentes sectores de explotados, en resumen, trae consigo la descolectivización de la conciencia de clase, tan importante en una época donde la sociedad capitalista se apoya en el divide y vencerás para debilitarnos y perpetuarse.

Y esto es trágico, en la medida que contrarresta la verdadera grandeza escondida tras la ciencia marxista y que a menudo pasa desapercibida, y que no es otra que fijar el papel del proletariado como clase universal de carácter actualmente mayoritario, en tanto en cuanto tiene unos intereses comunes en todo el mundo, no para explotar al resto, sino para abolir la explotación.

No se discute que dentro de esta estructura de clases se reproducen unos elementos de opresión que hay que combatir, si bien lo que se advierte es la subyugación de estos a la lucha de clases, y en cualquier caso su no anteposición a la misma, ya que estos no están conectados por una causa común.

Cuando decimos que ponemos por delante la lucha de clases, el motivo no es otro que nuestra perspectiva desde la cual ya os vemos como iguales. 

Sobre la universalidad del proletariado, Marx y Engels apuntaban al respecto en los textos de 1844 pertenecientes a “La Sagrada Familia” que;

“Si los autores socialistas atribuyen al proletariado ese papel mundial, no es debido, como la crítica afecta creerlo, porque consideren a los proletarios como a dioses. Es más bien lo contrario.

En el proletariado plenamente desarrollado se hace abstracción de toda humanidad, hasta de la apariencia de la humanidad; en las condiciones de existencia del proletariado se condensan, en su forma más inhumana, todas las condiciones de existencia de la sociedad actual; el hombre se ha perdido a sí mismo, pero, al mismo tiempo, no sólo ha adquirido conciencia teórica de esa pérdida, sino que se ha visto constreñido directamente, por la miseria en adelante ineluctable, imposible de paliar, absolutamente imperiosa -por la expresión práctica de la necesidad-, a rebelarse contra esa inhumanidad; y es por todo esto que el proletariado puede libertarse a sí mismo.

Pero no puede él libertarse sin suprimir sus propias condiciones de existencia. No puede suprimir sus propias condiciones de existencia sin suprimir todas las condiciones de existencia inhumanas de la sociedad actual que se condensan en su situación. No en vano pasa por la escuela ruda, pero fortificante, del trabajo”.

Presentar a un problema conjunto, el capitalismo, soluciones separadas, no es quizás la mejor estrategia para combatirlo. Por muy cierto que sea que entre un obrero de Gambia y uno de Alemania puedan existir diferentes condiciones específicas que los afectan, la inhumanidad contra la que deben rebelarse en pos de su liberación se condensa en una única forma superior.

De esto precisamente es de lo que pretenden que nos olvidemos, sabedores que la alienación como intento de privación de nuestra identidad de clase, representa el germen de la domesticación de la propia conciencia.

Para alcanzar la liberación social, necesitamos entender que desde la posición de explotados solo podremos ser libres si tenemos una perspectiva de liberación para toda la clase trabajadora en su conjunto.

La ocultación de esto, la degradación del proletariado invisibilizando su papel como principal sujeto revolucionario, solo puede proceder de los elementos más reaccionarios, tontos útiles al servicio del capital.

Que el sistema nos trate de imponer un neolenguaje que nos distraiga de conceptos como proletariado, clase obrera, capital y demás, reduciéndolos a una suerte de terminología arcaica, no implica que dejemos de estar explotados y de pertenecer a una misma clase social.

En el proletariado (amplia mayoría poblacional) convergen los asalariados, los jubilados, los que conforman el ejército de reserva de mano de obra esclava y los estratos más marginales.

Estos son explotados por los grandes propietarios capitalistas (minoría irrisoria), que son quienes dirigen la estrategia económica y política del conjunto de la población.

La llamada “clase media” ubicada entre las otras dos por diversos autores, tendencialmente va incorporándose a una u otra clase, mayoritariamente a la proletaria, y actualmente constituye más bien un eufemismo para disimular nuestra precariedad por pura autocomplacencia, en tanto en cuanto esta no tiene poder de decisión ni influencia alguna en el devenir de la sociedad, y en tanto en cuanto aspira a explotarse a sí misma.

Contra la explotación y la violencia del sistema capitalista, recuperemos la lucha de clases como única vía de emancipación de los explotados.

Para organizar nuestros intereses de clase, volvamos a Marx, Engels y otros clásicos, y adaptémoslos a los tiempos actuales sin incurrir en el revisionismo.

En definitiva, ¡uníos hermanos proletarios!